TALLER DE CREACIÓN LITERARIA DE EL LLANO

Sesión del 10 de febrero.

“…Y también tenemos Casas de los Engaños de los Sentidos, donde efectuamos todo tipo de manipulaciones, falsas apariencias, imposturas e ilusiones…”       

Francis Bacon

Una de las trampas de la literatura es hacernos creer que somos lo que en realidad no somos. En ese juego entre la realidad y la apariencia, entre lo que es y lo que parece ser o lo que pretendemos que sea, en ese laberinto de espejos cóncavos y convexos que nos llevaría a múltiples conjeturas filosóficas _y no es esa la intención_ se mueve la razón de ser última de la literatura.

            La diferencia entre ver algo en sentido literal o en sentido figurado, entre la percepción real y la interpretación subjetiva, dota al sujeto de un campo de análisis y experimentación sobre el que el lenguaje siempre tiene la última palabra. A fin de cuentas, nada existe si no se nombra. Cada término siempre es una elección más o menos adecuada, según el grado de unanimidad de quienes lo valoren y, en su caso, de la intención de la persona que lo escriba.

Si bien los diccionarios se presentan como verdades únicas y entes reverenciables ante cuya sabiduría se ha de rendir pleitesía, en el taller nos hemos rebelado contra ese rol ya predeterminado. Extrayendo de las palabras su sentido original, dotamos a la felicidad, al entusiasmo o al amor de nuevos significados, no sin sazonarlos juntamente con aspectos quizá no tan positivos pero no por ello menos interesantes, como la ira o la envidia, leitmotiv de grandes obras literarias. Repletos de sarcasmo e ironía, comparaciones y metáforas más o menos elaboradas, destacaron los vocablos que jugaron con la composición última de la palabra, a modo de calambur, exprimiendo al máximo cada concepto e incorporando nuevas acepciones semánticas.

Según algunas lenguas _no sé si viperinas_ uno de los aspectos que condiciona la creación es el grado de restricción que se impone en el ambiente. Es decir, se aplica el principio de proporcionalidad: cuantas más barreras haya que saltar, más se agudiza el ingenio. Incluso si todas las palabras del texto comienzan por la misma letra y no hay más sintaxis que la enumeración, tenemos una historia. Muy valorable, por cierto, porque rebuscar vocablos siguiendo el criterio alfabético con afán recolector no es una tarea fácil. Quizá tampoco lo sea describir un lugar recóndito, especialmente cuando se pasa de la primera impresión, más objetiva y generalista, a la interiorización del paisaje, a las emociones que el ambiente puede llegar a suscitar. Gracias al uso de enumeraciones ascendentes o descendentes, la precisión o el orden y el detalle en la localización de los elementos, se realizará una composición del espacio. La abundante adjetivación, especialmente referida al cromatismo y a las variaciones de la luz y a las sensaciones que provoca su percepción a través de los sentidos, harán que nos transportemos a diferentes espacios y, cómo no, a aquellos tiempos modernos que se nos han quedado en el tintero.

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