CLA DE LA CAMOCHA "CON AROMA A CAFÉ"

Los ojos del bosque, de Julien Gracq

«Nada en aquella guerra se parecía a las demás; se trataba de un especie de degeneración blanda, un crepúsculo moribundo e indefinidamente prolongado de la paz.»

En esta nueva sesión lectora nos atrevimos con Los ojos del bosque, una novela escrita por el autor francés Julien Gracq. El eje central de la misma es la Segunda Guerra mundial, tema con el que se entrelazan la búsqueda interior del protagonista y el amor, los cuales predominarán a lo largo de toda la trama. Al comenzar la guerra, un joven oficial francés llamado Grange es enviado a un búnker situado en un bosque en el frente de las Ardenas a la espera del avance de las tropas alemanas. Durante los meses de invierno que pasa allí, el falso clima de paz que se crea durante su espera provoca que perciba una profunda sensación de irrealidad aunque se insinúe cierta amenaza y terror, lo cual propiciará que inicie un viaje de búsqueda interior simbolizado por el búnker, durante el cual vivirá en una especie de isla en la que llevará una vida reconciliada y dichosa en la que conocerá el amor, el cual le incita más aún a cortar los lazos con su vida anterior, a regresar a una vida más primitiva y natural. Todo esto se romperá cuando la guerra vuelva a golpearle y tenga que regresar a la realidad.

Julien Gracq siempre pensó que el escritor no debía eclipsar a la obra y se mantuvo consecuente con esta idea. Las entrevistas que concedió fueron muy escasas y no se prodigó por los medios, convirtiéndose en uno de los autores más discretos de su generación. Si a eso le añadimos que Los ojos del bosque fue una obra que permaneció ausente de las estanterías durante varias décadas, nos encontramos con un libro que no ha sido muy analizado de manos de un autor que prefirió pasar desapercibido.  

Pese a ello, se sabe que no solo se dedicó a la escritura, también fue profesor de geografía e historia en diferentes localidades francesas. Debido a su discreción rechazó el premio Goncourt que recibió por su obra maestra El mar de las Sirtes en 1951 así como su nombramiento en la academia francesa al calificar esto como “un abuso de poder”. Falleció en 2007 dejando un considerable legado de novelas, obras de teatro y artículos y siendo considerado uno de los mejores autores de la literatura francesa contemporánea. 

Nuestra reunión de febrero, como ya viene siendo habitual, fue virtual y con Rafa como moderador, quien inició el debate comentando que Julian Gracq es un autor de culto recomendado por escritores como Ricardo Menéndez Salmón, y su novela Los ojos del bosque una obra diferente, muy poética, en la que llama poderosamente la atención la ausencia de acción. Y es que todas estuvimos de acuerdo en que en ella todo lo que sucede ocurre «dentro» del protagonista y se cuenta sin apenas diálogos, de corrido, sin interrupciones, y con una plasticidad que invita a pintar lo leído, donde el paisaje se revela como elemento fundamental, y con un lenguaje muy rico, preciso y muy poético, plagado de metáforas, que en ocasiones abruma y casi obliga a leer diccionario en mano.

La «no acción» de la obra transcurre en los inicios de la II Guerra Mundial, en un período de calma tensa en la que los personajes esperan el momento de entrar en acción frente un enemigo ausente. Un tiempo en el que el protagonista casi únicamente se dedica a observa desde su «balcón en el bosque«, como se recoge en el título original de la obra, mucho más acertado, aunque quizás menos comercial, que la traducción al español «Los ojos del bosque«.

La narración se asemeja a un diario de guerra, mejor de «no guerra», de esa «guerra boba» que nunca ocurrió, donde «todo es tan lento como el caminar de los bueyes en la nieve«, como en otra ocasión escribió Julio Llamazares. Un «no tiempo» de irrealidad, un lapso entre paréntesis donde Grange encuentra el amor en brazos de Mona, una joven cándida, inocente y sin maldad, que lo da todo sin pedir nada a cambio, con la que vive una historia de amor romántica, muy poética e idealizada que nos recuerda a Corín Tellado, y que quizás solo hubiera sido posible en ese paréntesis de irrealidad en el que viven sus protagonistas, en ese período de confinamiento que tanto se parece al que actualmente estamos viviendo, y que nos hace preguntarnos si existió en realidad o todo es fruto de la mente del protagonista, pues solo conocemos lo que ocurre a través de su mirada.

Y el final no podría haber sido de otro modo. Grange, gravemente herido, se niega a irse, a abandonar el refugio donde vive tranquilo, feliz, alejado, quizás alienado… No quiere continuar y se queda solo para morir en paz en unión con la naturaleza. Un final muy de acuerdo con todo el libro, también muy romántico, poético y ensoñador.

La lectura de esta novela, sin embargo, no gustó a todas las integrantes del club de lectura por igual. La ausencia de acción y diálogos no consiguió enganchar a algunas de nosotras, que no encontramos la motivación necesaria para seguir pasando páginas, sin embargo para otras supuso una experiencia enriquecedora y muy gratificante que por su belleza nos recordó a otras novelas admirables como Adios a las armas de Hemingway o La lluvia amarilla de Llamazares, y que nos dejó con ganas de leer más obras de este gran autor.

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