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La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

En la entrada de hoy os traemos La lluvia amarilla, novela del conocido guionista de cine, narrador y poeta español Julio Llamazares. La obra es un monólogo de Andrés, el último habitante de Ainielle, un pequeño pueblo abandonado en el Pirineo aragonés. Refugiado en las ruinas de un pueblo fantasma, su anciana mente rememora el tiempo compartido con su esposa y a todos los amigos y vecinos que han fallecido o se han mudado a la ciudad.

La narración comienza en un punto curioso, ya que Andrés se encuentra esperando a alguien y mientras tanto ocupa la espera evocando recuerdos del pasado. Durante su narración veremos que la atención se centra en el inexpugnable paso del tiempo que acaba con todo a su paso. Esto se ve reflejado en el protagonista y en Ainielle, donde las casas se encuentran en un evidente estado de deterioro y podredumbre y el hombre se encuentra en los últimos momentos de una larga vida. Pese a ello, Andrés no quiere abandonar el pueblo puesto que ha pasado toda su vida allí y es lo único que ha conocido. Nació allí y allí quiere morir. No es capaz de comprender a todos aquellos que dejaron Ainielle para irse a la ciudad, para buscar una vida mejor. Entre ellos su primogénito, el único hijo que le quedaba que se fue en busca de una nueva vida dejando todo atrás, incluidos sus padres, algo que Andrés, con su visión del mundo y su fidelidad a lo que siempre ha conocido, nunca llegó a entender.

Conforme avanza la narración nos damos cuenta de que a quien realmente espera el protagonista es a la muerte y que su relato finaliza con ella, poniendo fin a la vida del hombre y a la del pueblo. De hecho, se puede ver cierta similitud entre Andrés y Ainielle. Andrés ha ido perdiendo poco a poco a todos sus seres queridos y el pueblo ha ido perdiendo a sus habitantes. Andrés se encuentra deteriorado por la edad, de la misma forma en que lo están las casas del pueblo por el abandono. Cuando termine su vida, Ainielle se quedará totalmente vacío, hasta que el paso del tiempo lo haga desaparecer, como si nunca hubiese existido.

Esta novela recuerda bastante a Pedro Páramo, escrita por el mejicano Juan Rulfo. En ambas destacan como temas principales el abandono, la soledad, la nostalgia, el recuerdo y la muerte, sobre todo esta última como algo que impregna totalmente la narración.

Julio Llamazares, autor de La lluvia amarilla, es conocido por su carrera como novelista, poeta y periodista, ocupaciones por las que abandonó el ejercicio de la abogacía. Su fama como novelista surgió a raíz de la publicación de su primera novela, Luna de lobos, y su carrera como poeta surgió con La lentitud de los bueyes. En toda su obra se remite asiduamente a sus viajes y a su origen leonés y se percibe una enorme sensibilidad a la naturaleza y hacia un modo de vida que tiende a desaparecer. Se caracteriza también por el intimismo, el uso preciso del lenguaje y por unas descripciones extremadamente cuidadas.

Durante la reunión todas coincidimos en que la novela es un ejemplo de prosa poética, muy lírica, donde cada una de las palabras cuenta. Una historia impactante y sobrecogedora que encarna la realidad del abandono y muerte de muchos pueblos de la «España vacía» de Sergio del Molino, en la que el autor cuenta el proceso de desaparición no solo de un lugar, sino también de una forma de vida que ya no tiene cabida en la actualidad.

La historia sobrecoge y angustia, aunque en ella apenas hay acción, lo que demuestra la maestría del autor para mantener en todo momento la tensión. Todo se cuenta con un monólogo magistral en el que el final está anunciado desde el primer momento. Lo que sucede ocurre en la mente del protagonista mientras espera en un ambiente de infinita soledad. Una avance implacable hacia la locura y la muerte, con una segunda parte absolutamente delirante e intensamente onírica.

La obra nos recuerda a la película Sin perdón de Clint Eastwood, y a una de sus frases inolvidables: «Matar a un hombre es algo muy duro, le quitas todo lo que tiene y todo lo que podría tener». Porque cuando alguien muere, el último vecino de un pueblo en este caso: una persona que nació y vivió en él pero que ya apenas existe, con ella desaparece también el futuro y la memoria colectiva. Lo que nos resulta inexplicable es su decisión inquebrantable de quedarse. La respuesta quizás sea que no tiene elección… ni esperanza. Sería una traición, una deslealtad inasumible. Él mismo lo dice: «de aquí no se va nada«, ni su mujer, ni la perra, su fiel compañera. Se considera parte de la tierra, su guardián y custodio, y la ruina del pueblo es su propia ruina. Una decadencia simbolizada en el amarillo -el color del oro pero también del óxido y lo marchito- que, en una sinestesia continua, se va apoderando poco a poco e inexorablemente del libro.

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