TALLER DE CREACIÓN LITERARIA DE EL LLANO

Microrrelatos (sesión del 1 de diciembre)

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó:

—¿Adónde va el patrón?

—No lo sé —le dije—, simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta.

—¿Así que usted conoce su meta? —preguntó.

—Sí —repliqué—, te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta.

La partida, Franz Kafka

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular…El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

Un sueño, Jorge Luis Borges

La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de gravedad.

La manzana, Ana María Shua

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

El dinosaurio, Augusto Monterroso

Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

Amor 77, Julio Cortázar

Hay novelas que aun sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.

Carta del enamorado, Juan José Millás

Recorro su cabecita con mis membranosas manos, ella acaricia las escamas de mi piel. Desde el agua, la observo caminar en soledad por la orilla del estanque, sabiendo que el tiempo que nos queda es escaso. Con cada tic-tac del reloj, Ana se separará un poco más de mí. Siento cómo me abandona, cómo olvida incluso mi nombre. Me agobia no poder seguirla hasta el final del trayecto, mas no hay lugar para alguien como yo en aquello que llaman madurez. ¿Qué ocurrirá cuando la única persona que sabe que existo deje de pensar en mí? Supongo que entonces seré yo quien necesite un amigo imaginario.

Su madurez, mi olvido, Ainara Fernández Martínez

Puro código y algoritmos es el pulso de su cuerpo, metálica canción el trastabillar de sus pasos, fría su caricia en mi piel… Pero el sentir de las palabras que me llora todavía tienen el regusto de los días en los que mi mujer no fue víctima de mi inventiva ambición.

Inventiva, Ricardo Jurado

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